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Nueve meses sin hacer nada

Perdidos en la propaganda hemos olvidado que somos un país sin Gobierno

Baila con joviales saltitos pícnicos el nacionalista Iceta, guionista del plan de su partido para ir deshuesando España. Sánchez se pavonea organizando a su mayor gloria instagramera una cumbre planetaria del clima, que concluye con una emisión cero de acuerdos, algo cantado al haberla plantado los grandes marchadores: China, Estados Unidos, Rusia e India. El PSOE empieza a pelearse un poquito por la humillante negociación de Sánchez e Iceta con un partido cuyo líder está condenado a 13 años de cárcel por sedición contra España. Pero los pellizcos de monja de los barones a Sánchez son ninguneados por las televisiones del imperio «progresista», que son casi monopolio y no pueden dormir desveladas por Ortega-Smith, para ellas el gran problema nacional. Aún así, Carmen Calvo se ve obligada a salir a regañar a Page y Lambán, tan carcas que no entienden el oxímoron de que hay que dialogar «dentro de la Constitución» con quien te pone como condición irrenunciable una independencia que hace añicos esa Constitución. Los datos económicos son cada vez peores. Y las ministras Calviño, Montero y Valerio nos explican que somos imbéciles y que en realidad son cada vez mejores. El Falcon va y viene, y el Rey es ninguneado. Los más sesudos pensadores buenistas continúan meditando cómo cepillarse la idea de España sin que se note mucho, para que cuando no exista «encajen» por fin en ella cómodamente Cataluña y el País Vasco, que sometidas a tanto desencaje se han convertido extrañamente en las comunidades más ricas del país. Iglesias se pone modosito, mientras prepara un plan fiscal y de ingeniería social similar al disparate que ha provocado que los británicos hayan prejubilado a Corbyn por sublimación percuciente. La derecha, dispersa en su gresca interna, no aporta una sola iniciativa para tratar de evitarle al país el mal supremo: un Gobierno socialista con la ultraizquierda comunista y sostenido por los separatistas.

Y así discurren los días en nuestra amena España, entre regates que no llevan a ninguna parte, revuelos históricos que al final duran unas horas y tonelada de propaganda oficialista que todo lo dulcifica y camufla. El resultado es que casi ha dejado de consignarse lo importante: este país lleva sin Gobierno desde febrero del año pasado, más de nueve meses, y los últimos Presupuestos Generales del Estado, la herramienta principal de un Ejecutivo, son los que sacó adelante Rajoy en mayo de 2018 (un mes antes de que Sánchez, secretario de un PSOE que acaba de ser condenado por robar 680 millones del dinero de los parados, lo echase invocando la corrupción de dos alcaldes de pueblo del PP). España está sin Gobierno y desde junio de 2018 lo que tiene en su lugar es un departamento de relaciones públicas, cuya misión prioritaria es intentar mantener en el poder a toda costa a quien llegó a él con una maniobra sin precedentes morales en nuestra democracia. Los países a veces se equivocan en las urnas, pero también pueden acabar rectificando. Tardará un par de años, o tres, pero asistiremos una contramarea de estabilidad, patriotismo, moderación y sentido común.

El descaro sectario es ya absoluto y el PSOE se venga de los díscolos andaluces que lo desalojaron del poder y de la sentencia de los ERE aplicando a la Andalucía gobernada por PP y CS una suerte de 155 económico, por el que la hoy ministra Montero vigila el pésimo presupuesto que hizo ayer mismo cuando era la consejera andaluza Montero. Mientras tanto, las comunidades amigas y Cataluña incumplen sin problemas todas las normas contables sin apremio alguno.