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Sociedad

Lluna Vicens, escritora y víctima de trata de mujeres: “Quiero ser la voz de las que han perdido la vida en el intento”

La escritora Lluna Vicens.
La escritora Lluna Vicens.

Sofia Caruso – NIUS Diario

  • La autora de ‘Mercancía robada’ narra en primera persona su experiencia como víctima de una red de explotación sexual

  • Viajó a Burgos para formarse como guía turística y se despertó en una habitación sin zapatos ni documentación

  • Vicens relata la noche en la que logró huir de Pablo, su proxeneta: “Le di una salchicha al perro y salí con el corazón en la garganta”

Una joven de 18 años acude a una entrevista de trabajo y termina siendo víctima de una red de trata de mujeres que la obliga a prostituirse. Es la historia de una adolescente a la que le robaron su infancia. La historia de una familia a la que le secuestraron a la hija.

Esta no es una novela de ficción. Es una historia real y es la historia de Lluna Vicens (Badalona, 1969). Ahora, 33 años después, esta escritora, amante de la literatura, de la fotografía y del cine en versión original, decide contarla en Mercancía robada (Grupo Tierra Trivium, 2021).

Pregunta: Hay gente que te llama “valiente” o que se compadece de ti por haber afrontado o haber sobrevivido a una situación de vida o muerte como la de aquel momento. A ti eso te irrita mucho… 

Respuesta: Más que irritarme, me cuesta entender el concepto “valiente”. Creo que hubiera sido valiente si en ese momento lo hubiera dicho. No me vi con fuerzas, era demasiado la vergüenza que tenía. Tampoco quiero compasión, odio los golpecitos detrás de la espalda porque creo que, en vez de ayudar, hunden. Sí que es verdad que me he encontrado con muchas reacciones de ánimo y con esas me quedo con todas. No creo que sea valiente cuando, a posteriori, hubo dos intentos de suicidios.

P: En 1988, saliste de Barcelona hacia Zaragoza para hacer una formación de guía turística, pero la realidad terminó siendo otra muy distinta… ¿Qué ocurrió para que acabar siendo víctima de una red de explotación sexual? 

R: Es empezar el día con una ilusión y, horas después, darte cuenta que aquello se acaba de desvanecer delante de tus narices y no sabes ni cómo ha podido suceder. Es la sensación de “¿por qué a mí?”, “¿por qué yo?”. Yo solamente iba a hacer una formación para el trabajo. Vi el anuncio en un periódico y fui hasta Paseo de Gracia para que me hicieran la entrevista. Si estabas entre las últimas seleccionadas, te enviaban un billete de tren para Zaragoza para darte la formación. O sea, tú imagínate la infraestructura que tenía esta gente.

No es fácil contar esa historia. He llorado mucho mientras la escribía. Estuve a punto de abandonar

P: El anuncio en el periódico, la entrevista… estaba todo bien montado ¿no? 

R: Todo. Estaba todo organizado. Y yo he llegado a esa conclusión ahora de mayor. Al cabo de unos días, me llegó el billete. Yo saltaba de alegría, estaba loca de felicidad. Yo recuerdo salir de allí, llamar a mi madre y decirle “creo que lo podría haber hecho mejor”. No sospeché de nada. Cuando reconoces todo el proceso de alegría, de disfrute… y abres los ojos en un salón donde la chica con la que has viajado está histérica gritando… Me desperté y dije “¿qué está pasando?”. No tenía zapatos y mi bolso con el dinero y la documentación habían desaparecido. No tenía nada.

P: ¿Cuál es el último recuerdo antes de despertar en Burgos? 

R: Haber hecho un descanso de la formación y estar comiendo con mi compañera en una sala. Lo siguiente fue despertarme en el suelo, encima de una manta. Estábamos solamente nosotras dos.

P: Has decidido explicar tu experiencia en Mercancía robada, publicado hace poco. ¿Por qué ahora? ¿Por qué abrir esa “caja de pandora”, como dijiste en una ocasión, 33 años después de lo sucedido?

R: No fue una cosa preparada. No es que yo en un momento dado dijera: “Voy a contarlo”. No es fácil contar esa historia. He llorado mucho mientras la escribía. Estuve a punto de abandonar dos veces. Pero gracias a José Luis Muñoz -escritor, mi mentor y mi maestro- ha salido a la luz. Y esto pasa porque, fíjate tú, a veces lo que hace detonar las cosas: nos íbamos a la feria del libro de Valladolid y el tren pasa por Burgos y yo no lo sabía. Yo recuerdo girarme y preguntarle si el tren pasaba por ahí. Cuando me dijo que sí, supongo que se me desencajó la cara. Me dijo: “¿Qué te pasa?”. Y entonces le hice una pincelada de lo que había pasado. Y José Luis me dijo: “Creo que eso lo deberías escribir”.

A mí me robaron. Me robaron una parte de mi vida, me robaron la inocencia

P: ¿Qué explicas en el libro exactamente? 

R: Todo, de principio a fin. No hay ni un ápice de exageración. En ningún momento he querido causar pena ni despertar lágrimas.

P: ¿Das nombres de las personas que formaban parte de la red? 

R: ¿Te puedes creer que no recuerdo los nombres de nadie? Solamente recuerdo el de mi proxeneta, Pablo, y de su perro, Rufus. Llegué a odiar a ese perro. Como no me acordaba del resto de nombres, los personajes están descritos por alguna característica.

P: ¿Cómo fue el proceso de escribirlo? Pasaste por un proceso que te obligaba a recordar y a revivir aquel pasado para poder volcarlo en palabras después…

R: Sí, me salía un sentimiento de dolor de todo lo que me estaba removiendo, de estar viviendo aquello otra vez. Ya no solamente revivirlo. Fue despertar la memoria, ojo. Que hay cosas que yo tenía olvidadas y a raíz del libro vuelven a salir.

P: Por ejemplo… 

R: Una violación. ¿Te puedes creer que yo no recordaba la violación?

P: ¿Fuiste tú quién decidió el título de Mercancía robada

R: Sí, y lo tuve muy claro desde el primer momento. Porque a mí me robaron. Me robaron una parte de mi vida, me robaron la inocencia.

A mí me pega dos veces, pero a la segunda pensé: “No habrá una tercera”. Esa noche decido escaparme.

P: Estuviste retenida cerca de un mes. En todo ese tiempo tu familia pensaba que todo iba bien. Te dejaban llamarles bajo vigilancia ¿verdad? ¿Nunca llegaron a sospechar, aunque fuera un poco? 

R: Exacto. Cada dos días llamábamos a casa. Yo llamaba y Pablo estaba delante con el dedo apoyado en el botón de colgar por si yo hacía un gesto o decía algo que no tenía que decir y él cortaba la comunicación. Yo nunca había mentido a mi madre y la primera vez que llamé fue muy duro.

P: ¿En qué consistía tu día a día allí? ¿Cómo te trataban? ¿Qué te obligaban a hacer? 

R: No sé, había una cotidianeidad, un día a día muy normal, como levantarse, desayunar, poner la lavadora, cocinar… Yo creo que una de las ventajas que tuve fue la educación que me dieron mis padres. Hay una lucha interna constante -y me gustaría que eso se reconociera en la lectura- en una cría de 18 años con algo que se le está imponiendo y que ella no quiere hacer. Y gracias a la educación y los principios que me enseñaron, sigo aferrada a ellos, porque quieren anularte, que seas un despojo, que dejes de ser lo que eras. A mí me pega dos veces, pero a la segunda pensé: “No habrá una tercera”. Esa noche decido escaparme.

P: Aparte de obligarte a prostituirte en un club de carretera… 

R: Sí, claro. Eso era el trabajo. Era el pago de mi manutención. Él tenía que recuperar lo que había invertido, porque así me lo comunicó.

P: Estabais vigiladas las 24 horas… ¿Escaparte fue cuestión de suerte? Muchas víctimas intentan huir de sus verdugos, pero pocas lo consiguen…

R: Sí. Nunca se dejaban las llaves puestas, pero ese día estaban puestas en la puerta y esa noche decidí que me marchaba. No sabía ni cómo lo iba a hacer, si iba a salir bien… no sabía nada. Al primer movimiento el perro ladraba. Lo que hice fue guardarme media cena y cuando abrí la puerta le di un trozo. Salí, saqué la llave, cerré por fuera, al perro lo dejé comiendo la salchicha y me marché. Mi habitación estaba entre la de Pablo y la otra chica.

Tuve mucho miedo. Si en ese momento se despertaba alguien, a mí me matan a palos. Tenía el corazón en la garganta. Me marché sin documentación ni nada, solo con la ropa que llevaba puesta. No sabía ni dónde estaba. La casa estaba a las afueras de la ciudad. Yo tiré, tiré y tiré. Se trataba de alejarme como fuera. Me subí a un autobús que me dejó cerca de la estación y cuando llegué allí saqué un billete de tren dirección Barcelona.

Me guardé media cena y, cuando abrí la puerta, le di un trozo al perro y salí. Tuve mucho miedo. Si en ese momento se despertaba alguien, a mí me mataban a palos.

P: ¿Volviste a saber de los proxenetas tras la huida? 

R: Yo no, no quise saber nada, pero mis padres sí. Pusieron precio a mi cabeza.

P: ¿Cómo fue eso? 

R: Me enteré años después por mi madre. El día que yo se lo cuento todo me dijo: “Bueno, pues ahora te voy a contar una parte de la historia que tú no sabes”. Yo tengo una hermana más pequeña y la amenazaron a ella y a mí. Llamaron por teléfono y le dijeron a mi madre que o pagaban o habría consecuencias. Tenían mi documentación, así que sabían dónde irme a buscar. Lo que querían era recuperar lo que habían perdido. Lo que yo no sabía era que habían tenido que pagar dinero.

P: Sigues acudiendo a terapia porque “los fantasmas vuelven”. ¿Cuánto tiempo llevas yendo al psicólogo? ¿Cómo fue rehacer tu vida, empezar de cero?

R: Desde el último intento de suicidio, hace 12 años, que voy al psicólogo y al psiquiatra. Fue vivir con miedo durante un tiempo. Caminar siempre mirando hacia atrás. Tardé mucho en salir a la calle.

Quiero que la sociedad deje de mirar a otro lado. La prostitución no es un tema de mujeres, es de hombres y mujeres.

R: Hay una cuestión que a mucha gente le llama la atención y que seguramente te habrán planteado miles de veces en todo este tiempo: ¿Por qué no dijiste nada cuando regresaste a casa?, ¿por qué no denunciaste lo ocurrido? 

R: Por miedo y por vergüenza. Me hace mucha gracia las personas que se plantean eso. Me gustaría que retrocedieran y fueran capaz de verse con 18 años en una situación así y cómo después enfrentas el mundo y la sociedad. Hace 33 años atrás. ¿Cómo? Que me lo cuenten. A día de hoy, sigo teniendo vergüenza. Hay gente que no entiende y tuve que escuchar “¿ahora tenías que contarlo?”, “¿hace falta?”. ¿Y cuándo es un buen momento para contarlo?

P: Si no buscas ni “venganza” ni “justicia”, ¿cuál es el objetivo de publicar este libro y hacer pública tu vivencia? ¿Con qué reflexión quieres que se quede el público al leer tu historia? 

R: Voy a utilizar una frase que me dijo José Luis Muñoz la segunda vez le dije que no quería seguir más con la historia: “Tienes que ser la voz de aquellas que han perdido la vida en el intento”. Y es así. Quizá sea una utopía, pero quiero que la sociedad deje de mirar a otro lado. La prostitución no es un tema de mujeres, es de hombres y mujeres. A mí, el 8 de marzo me parece muy bien que vayamos las mujeres pero los hombres también tienen que estar ahí. Quiero un frente común contra la prostitución obligada. Pienso que debería estar regulada, siempre y cuando sea por libre elección.

P: Pagar por sexo…

R: El que paga por sexo no está pagando por el servicio. La persona que es usuaria de la prostitución desconoce en qué situación está esa muchacha ahí. Pero no está pagando ese servicio, está pagando el viaje de otra chica porque está contribuyendo a la trata de seres humanos.

El que paga por sexo no está pagando por el servicio. Está contribuyendo a la trata de seres humanos

P: ¿Cómo es tu vida ahora? 

R: Cuando regresé a mi casa, ya no estudié. Me puse a trabajar. Hace casi 25 años que estoy casada y tengo dos hijos. Dedico el tiempo a aquellas cosas que me gustan, como escribir, leer, el cine en versión original, la fotografía… cuando puedo me escapo por ahí a hacer fotos… mi vida es muy tranquila y quiero que siga siendo así. Hace tiempo que no vivo en Badalona. Estoy muy feliz y muy apoyada. Tengo mucha suerte.

A José Luis le estaré eternamente agradecida por todo lo que ha hecho. Me ha dado la oportunidad de meterme en un mundo donde era un sueño para mí y ahora es un sueño hecho realidad.