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El paso de Tejero por el Congreso el 23-F: “Era terrible, latas de comida, alfombras sucias, como si hubiera pasado un batallón”

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NIUS Diario

Dos ujieres y una taquígrafa del Congreso relatan a NIUS cómo vivieron las horas clave del golpe de Estado

Era martes. El reloj marcaba las 18:23 minutos de la tarde. El ujier Antonio Chaves estaba en el pasillo y entró al hemiciclo avisando a los diputados que había gente con armas en el Congreso. Ana Rivero, taquígrafa, iba con sus cuartillas en la mano para entrar al Pleno y se quedó en la puerta, un guardia civil le dijo que si entraba no salía. José María Mayoral, ujier, estaba en el control de prensa y por la ventana vio como los agentes bajaban de un autobús y corrían armados hacia el Palacio. Los tres funcionarios del Congreso tienen grabado en su memoria aquél instante, el intento de golpe de Estado que pretendía acabar con la joven democracia española.

Son los únicos que vivieron el 23F y que todavía siguen trabajando en la Cámara, recorriendo a diario el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. NIUS ha recordado con ellos, 40 años después, cómo fueron aquellas horas que mantuvieron en vilo a todo el país.

El asalto al Congreso

A las 18:00 de aquel día comenzó la segunda votación para investir a Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno en sustitución de Adolfo Suárez. El hemiciclo estaba lleno. Tres minutos después, la Mesa llamó a votar a Manuel Núñez Encabo. Y ahí se paró todo. Se oyeron golpes, ruidos, murmullos. En la grabación del circuito de televisión se ve a Antonio Chaves subiendo por el pasillo central: “Cuando entro en el  hemiciclo voy avisando de que viene gente con armas, los diputados me iban parando. Yo voy subiendo las escaleras porque mi primera intención era escaparme por arriba, hacia el bar de los diputados y salir”.

La taquígrafa Rivero estaba a punto de relevar a sus compañeros. El reloj que hay en la sala donde trabajan le indicó que le tocaba entrar al hemiciclo. “El gong sonó, cogí mis cuartillitas, me dirigí a la puerta por donde entraron los guardias civiles y ya me chocó muchísimo ver a los policías y a la gente tirada por el suelo, en el pasillo”, relata. Allí uno de los guardias le advirtió: “Si entra, no sale”. “Hay gente de ETA en las tribunas”, fue el argumento del agente cuando ella preguntó qué pasaba.

Esa explicación, la de un comando terrorista, duró un suspiro. José María Mayoral tenía 23 años y llevaba solo 8 meses trabajando como ujier. Desde el edificio situado enfrente del Palacio vio a los primeros guardias civiles entrar. “Mi primera intuición es que era un golpe de Estado. No tuvimos duda mi compañero y yo a pesar de que daban gritos de que venían a salvarnos porque había un comando de ETA”, dice Mayoral. En la actualidad, Portero mayor del Congreso.

Los tiros en el hemiciclo

A partir de ahí, se produce la escena que quedó registrada en imágenes para siempre. Un grupo de guardias civiles irrumpe en el hemiciclo comandados por el teniente coronel Antonio Tejero con la pistola en la mano. La confusión se apodera de los diputados. Tejero grita: “¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo!”. “Lo reconocí inmediatamente. Supe que era un golpe de Estado en el momento en que le vi subir las escaleras de la tribuna. Si lo hacía Tejero no podía ser que viniese a salvarnos la vida”, comenta Chaves.

El momento de máxima tensión se produce cuando el vicepresidente Manuel Gutiérrez Mellado sale del banzo azul e intenta enfrentarse a Tejero. Hay un forcejeo y una eterna ráfaga de disparos resuena en la Cámara. Los diputados se tiran al suelo y caen cascotes del techo. Chaves queda tendido en el centro del hemiciclo justo al lado de la mesa de taquígrafos. Mayoral relata: “Desde que oímos la ráfaga de tiros hasta que alguien nos dijo que no había heridos lo pasamos muy mal. En ese momento te da tiempo a pensar de todo… ¡Madre mía con lo que ha costado llegar a una democracia!”.

Rivero reconoce que fue el momento más duro: “Estuvimos muy preocupados por nuestros compañeros. Se metieron debajo de la mesa. La taquígrafa le decía al redactor que era un golpe de Estado, y él le respondía ‘tú calla y reza‘”.

La conversación Suárez-Tejero

Los diputados y el Gobierno en pleno quedaron secuestrados en el Congreso a la espera de que “la autoridad militar competente”, como anunciaron los golpistas, decidiese. Cuando Antonio Chaves se levantó del suelo pudo moverse con cierta libertad. Le llevó un vaso de agua a la taquígrafa, atendió a los diputados, tranquilizó a algún guardia civil y le dio tabaco a Adolfo Suárez. Pero sobre todo fue testigo de una conversación que quedará para la historia. Suárez se levantó y pidió hablar con Tejero. El ujier les acompañó a un pequeño cuarto. “Estaba Tejero a mi derecha, a metro y medio y Suárez a mi izquierda. Yo al lado de la puerta. Me dijeron que me marchara, pero me quedé”. Este es un extracto de lo que escuchó:

-Suárez: “¡Qué vergüenza para España! ¿Quién hay detrás de esto? ¿Con quién tengo que hablar?”.

-Tejero: “No hay nada que hablar. Solo obedecer”.

-Suárez: “Pero ¿Quién es el responsable?”.

-Tejero: “Todos, estamos todos”.

-Suárez: “Como presidente del Gobierno de España le ordeno que deponga su actitud”.

-Tejero: “Tú ya no eres presidente de nada”.

-Suárez: “Le ordeno…”

-Tejero: “Yo solo recibo órdenes de mi general. ¡Siéntese!”.

-Suárez: “¿Qué general?”.

-Tejero: “Milans. No tengo nada más que hablar”.

-Suárez: “Pare esto antes de que ocurra una tragedia. ¡Se lo ordeno!”.

-Tejero: “Usted se calla. ¡Todo por España!”.

En ese momento Tejero echó al ujier de la sala. Varios días después, Chaves transcribe todo lo que oyó en ese cuarto y guarda la conversación en la caja fuerte de su casa. Ahí se queda 30 años. Cuando muere Adolfo Suárez, se la entrega a su hijo.

“Haga el favor de cortar la comunicación…”

Durante esas horas nadie pudo comunicarse con el exterior. “Nos dijeron que no tocáramos el teléfono, que nos pusiéramos de pie junto a la pared y así hicimos. Con miedo porque se notaba mucho que no sabían muy bien donde iban y qué misión tenían que cumplir. En ese momento piensas que se le va a alguno el gatillo”, cuenta Mayoral. También prohibieron hablar por teléfono en todas las dependencias del Congreso. Ana Rivero recuerda como algunos guardias se colaron en su despacho. “¿Y ustedes quiénes son? Somos el cuerpo de taquígrafos. ¿Y usted? Yo soy guardia civil. Haga el favor de cortar la comunicación”, ordenó a una de las funcionarias.

Según Chaves, “en un primer momento todo el mundo iba a lo mismo. Entraron a saco. Pero a lo largo de la noche aquello se iba desinflando poco a poco. Yo vi a algunos guardias civiles llorando. Oí comentarios de unos con otros diciendo ‘en qué lío nos hemos metido’. Se fue diluyendo”. Aunque también estaban los convencidos. “Había algunos que eran muy conscientes de lo que hacían. Su actitud era incluso chulesca. Había uno con un anorak verde que era provocativo en todos los aspectos. Manejaba el CETME como si fuera un Colt del 45“.

El final del golpe

En un momento dado, poco antes de las ocho de la tarde, Tejero dio la orden de que todos los funcionarios podían abandonar el Congreso. Se fueron, pero pasaron la noche pegados a la radio. Pasada la una de la madrugada el rey Juan Carlos, vestido con el uniforme de Capitán General de los Ejércitos, se dirigió a la nación en un mensaje televisado para defender el orden constitucional. Fue determinante. El golpe fracasó. A mediodía del día 24 de febrero los militares abandonaron la Cámara.

José María Mayoral recuerda como si fuera hoy la imagen que vio cuando entró ese día. “Mi primera sensación era como si hubiese pasado un batallón por aquí. Aquello era terrible. Habían traído unos cubos de basura negros que había entonces. ¡Cómo estaban las alfombras, cómo estaba todo!. Increíble. Parece mentira que aunque habían pasado una noche hubiera esa suciedad. Latas tiradas por el suelo, de comida, de mejillones, de todo. Era una desolación entrar aquí”.

Los tres son testigos directos de la historia de España. Desde entonces, sienten un vínculo especial con la casa, como ellos llaman al Congreso. Aquella noche forjó complicidades imprevistas. El ujier Chaves recuerda que pasados unos años, mientras paseaba por la Plaza Real, un coche negro oficial se paró a su lado y bajó la ventanilla. Era Suárez. “No se me ha olvidado que te debo un cartón de tabaco”, le dijo.