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‘Capone’: La clase magistral de Tom Hardy sobre cómo sacar ventaja con cada toma

Tom Hardy como Capone.
Tom Hardy como Capone.

Hay directores que parecen estar bajo una extraña maldición. Como si su casa se instalara en un cementerio indio al que está subyugando para que todo salga mal. Josh Trank es uno de ellos. Tras su prometedor debut con Chronicle, una visión oscura de las películas de superhéroes, todo apuntaba a que sería uno de los cineastas destinados a hacer cosas importantes. 

De quienes firman en grandes producciones para darles una personalidad que muchas veces no tienen.

La idea era que en realidad fue seleccionado para reiniciar Fantastic Four, que en su mano prometía ser un trabajo más oscuro y adulto que las versiones anteriores. El resultado fue desastroso. La crítica los masacró. 

La película fue terrible y se peleó para decidir de quién era la culpa. 

Afirmó que la productora no le permitió lograr su visión y la película llegó mutilada. Ser una monstruosidad que poco tenía que ver con lo que parecía. Un paso en falso con el que se ha jugado parte de su prometedora carrera.

Además, se filtraba que la producción había sido un tormento. Discusiones con el guionista, con la productora, con un rodaje que comenzó sin tener un tercer acto definido… un caos. La campaña de promoción no fue mucho mejor y Los cuatro fantásticos se convirtió en un fracaso en taquilla. Todo había salido mal.

Tom Hardy como Capone.

Una sombra de lo que fue que vive de recuerdos, de paranoias y de imaginaciones. Una casa que es su prisión y que, como ese cementerio indio, parece maldita y le arrastra en su locura. Un planteamiento inteligente y que desarrolla con un ritmo pausado pero que tiene un enemigo enorme, y es su actor principal. Tom Hardy como Capone es un agujero negro que devora la película, pero lo hace en el peor de los sentidos. Su interpretación es tan afectada, sobreactuada y cargante que hace que nadie pueda prestar atención a otra cosa.

'Capone'.

Hardy da una lección magistral de sobre actuación, de pasarse de rosca en cada gesto. Está claro que Trank quiere reducir al absurdo a este criminal sanguinario, pero ya lo hace con las cosas que le ocurren en esa vejez, no hacía falta que se subrayara con una interpretación que parece sacada de una parodia del Saturday Night Live o de un Celebrity de Joaquín Reyes. No ayuda para nada el excesivo maquillaje, pero no radica ahí el problema. Radica en un actor que cree que gesticular a mil revoluciones por minuto es sinónimo de intensidad.

Hay escenas que uno no puede creer -y ahí el problema también es de Trank, que en su tendencia al delirio crea imágenes que pasan del surrealismo al ridículo, como en la que Capone tirotea a un grupo con un pañal mientras sostiene una zanahoria en vez de un puro-. Temblores de labios, toses, un acento italiano forzado, un cuerpo que se arrastra como cuando alguien imita a un viejo, ojos fuera de órbita… Un elogio a la exageración, al descontrol. Una decisión llevada al límite y que acaba lastrando a la película que acaba convirtiéndose en una comedia involuntaria por este despiporre.

A Hardy ya le había pasado algo parecido en Venom, que nadie podía asegurar a ciencia cierta si era una comedia o un filme oscuro, y era porque nadie podía descodificar su interpretación. Aquí multiplica su histrionismo y sepulta una película interesante y a un director que disfruta del riesgo y que necesita resarcirse.